Apenas abrió la puerta supe que no habría de pasar la noche con Irene.
Llevaba puesto un vestido azul obscuro abajo de la rodilla y su cabellera salvaje había sido domada. Le había hecho algo a sus ojos. Parecían más grandes. Más obscuros. Más ambiciosos.
‘¿Sales?’
‘A una cena. Hoy no te puedes quedar.’
‘Podría quedarme y esperarte. No importa que vuelvas muy tarde, yo te espero.’
Ay, niño. Eso de que no importa que vuelvas muy tarde y yo te espero lo dije y me lo dijeron tantas veces en la vida que después de mucho tiempo, se volvió una promesa vacía. Esa fue una de las veces que se lo dije a Irene siendo completamente sincero.
Y ella se rió.
‘No vuelvo hoy. Quizá nos veamos en una semana’
‘¿Quizá?’
‘Quizá pase más tiempo’
‘¿Vas con alguien?’
Y ella no respondió y sólo me miró con burla.
‘¿Desde cuando eso te incumbe?’
Desde siempre, desde siempre, le dije. Y se lo volví a repetir ¿vas con alguien?.
‘Sí. Voy con alguien’
Me miró con una sonrisa triste. Con lástima.
Nos vemos luego Richard. Me dio un beso leve en los labios y cerró la puerta. Se quedó flotando en el aire su olor a lirios, a miel y a un no sé qué más.
Y yo volví una semana después a buscarla. E Irene no estaba ahí.
4 respuestas hasta el momento ↓
Topa // Abril 15, 2009 a 9:47 pm |
mmm, traumas del romance…
poco quiero pensar en ello…
fanou // Abril 16, 2009 a 8:28 am |
Me gusta este cuento.
aquitania // Abril 16, 2009 a 6:16 pm |
Intenso.
Saludos.
Iago // Abril 16, 2009 a 8:53 pm |
Pues no será pq no se lo avisó, cari, jajaja. Si te digo la verdad, cuando se cierra esa puerta ya no se va a volver a abrir…. y es tontería intentarlo. Lo mejor es tirar la llave al río. Pq en cualquier caso ya nada podría ser lo mismo.
Bezos a mi maestra, jajaja