Aprovechando que no vamos a clases por los casos de influenza que se presentaron en México, mi padre decidió que era un buen momento para pintar la casa.
Bueno, el jardín se divide por áreas, y para ingresar a estas, tienes que bajar por escaleras. Osea que hay muchas paredes y la mayoría son muy altas y alguien se tenía que subir para pintar la parte de arriba de las parede.
¿Y quien fue ese alguien? Correcto, yo.
Vale, vale, me subo a la escalera. A mi familia nunca se le ocurriría decir que me dan miedo las alturas, y no es que me den miedo, puedo tirarme de cualquier lado, pero estar quieta, a unos dos metros por arriba del suelo, me da algo que hace que las rodillas me tiemblen. Yo, arriba en la escalera, pintando de blanco la pared.
Además, estoy en otra escalera, ¿entienden? la ironía. Para equilibrar la escalera sobre la cual se encuentra la escalera sobre la estoy trepada, pusimos tres ladrillos. Es decir que ni siquiera estoy bien equilibrada.
Lo que me sostiene son una pata de escalera de aluminio y tres ladrillos rojos.
Conociéndome, si me muriera, me caería de la escalera, esta caería sobre mí y luego, mi cadaver terminaría indignamente pintado de blanco. Así que acomodo una muy sabia frase de una amiga mía para la situación.
‘Papá, más te vale que sostengas bien la escalera, porque si me muevo y te caigo encima y te mueres por mi culpa ¡va a ser tu culpa!’