1. El Cuento de Armando.
Se llamaba Armando y era un buen tipo.
Recibió la primera llamada una mañana corriente, después de empezar a trabajar. Todas las personas que conocía ya habían recibido alguna llamada por el estilo. Voz del otro lado del teléfono, diciendo que lo tenían vigilado, que sabían por donde vivía, que sabían en donde trabajaba, que tenía de dos: darles dinero o dejar morir a su familia. Armando solo colgó.
Pero luego las llamadas llegaron a su celular. Bien entrada la noche, voces al otro lado del teléfono advirtiéndole que era de verdad, que no estaban bromeando y que era idiota si creía que podía escapar.
Que sabían que su casa era azul y que tenían tres hijos. A que escuela iba cada uno.
Que dormía del lado izquierdo de la cama.
Y a Armando el terror lo acompañó todos los días. Cada segundo, sin evitar preguntarse porqué él, que era un veterinario más. No ganaba lo suficiente para comprarse un auto y pagar la hipoteca. Y tenía deudas por todas partes.
Un día, por casualidad, por suerte, por algo que no supo definir, mientras ellos no se encontraban en la casa, alguien entró. No robaron nada. Nadie los vio entrar, pero cuando la familia de Armando entró, encontró en la casa todos los cajones y todas las puertas abiertas. Era un mensaje muy simple.
No están a salvo.
Y ellos huyeron, una noche, con pocas cosas y mucho miedo. Se fueron tan lejos como pudieron y no le dijeron nada a nadie.
Armando no encontró trabajo de veterinario. Su esposa se puso a trabajar en un supercito. Las llamadas no pararon. Por el celular seguían llegando los mensajes. Que no estaba a salvo, que era más tonto de lo que ellos pensaban si creía que podía escapar. Que todo había cambiado y que ahora los encontrarían sólo para que él viera morir a su familia.
Y un día, un día que parecía otro cualquiera, mientras cruzaba la calle, atropellaron a su hijo menor. Nadie vio quien lo hizo. Lo que vieron fue el cuerpecito tirado, hecho jirones.
Ya no había llamadas.
Armando se obsesionó. Fueron ellos, fueron ellos. Debí pagar. Por mi culpa se murió mi hijo. Lloraba en lo que los tranquilizantes hacían efecto y se quedaba dormido. La esposa no lo soportó más, toda la muerte, las amenazas. Su hijo despedazado en medio de la calle y el esposo cayéndose a pedazos. Se llevó a los niños.
Poco después dieron por el radio la noticia de que una banda entera de secuestradores había sido atrapada en determinada ciudad. Su ciudad.
Pero Armando nunca se enteró. Armando compró una pistola, se la metió en la boca y jaló el gatillo en el baño del apartamentito en donde vivía.
Se llamaba Armando. Era un buen tipo.